25 enero 2008

que la distancia es el olvido pensaba Raimundo al acostarse esa noche en su cama de edredón negro, con el sombrero plateado encima de la televisión a la altura de sus ojos. Plateado, brillante, con destellos visibles y mortales a los ojos de cualquiera, pero sutil, elegante; un plateado pálido y nada rechinante. Así era él en el fondo. Como el sombrero que usaba en uno de sus números musicales. En el numero 69 de la calle paralela a su casa, deleitaba y se deleitaba cada noche salvo los martes, día libre. Las flores se le habían humedecido. Aprendió que un ramo de rosas no sobrevivía envuelto; hay que sacarlas, colgarlas una a una y esperar a que se sequen.Esperaba no haber aprendido ésto en vano. Esperaba recibir algún otro ramo alguna vez más en su vida. Tenía calor bajo el edredón negro. Se quitó los pantalones con el fin de dejar de tenerlo, y la piel de una pierna se rozó con la otra; le gustó, y se movió. Apagó la luz.